Semana fatal en todos los sentidos; tuvimos lluvia todos los días, afortunadamente no continua, con lo cual pudimos ir rascando y pintando en los huecos que esta nos dejaba.
Pero esto, aun siendo engorroso, no iba a ser lo peor; el eje de la hélice había cogido holgura, con lo cual tocaba cambiar los casquillos. Para cambiar los casquillos hay que quitar el eje y para quitar el eje hay que quitar el motor. Ante semejante panorama pensé en cambiar solo el casquillo del arbotante; este se puede sacar sin tener que quitar el eje, pero estaba tan solidificado con el arbotante (y eso que era fenólico) que no hubo manera de sacarlo. Lo intenté hasta con un gato hidráulico de tres toneladas y lo único que hacía era clavar en mi skeg el taco de madera en el que lo apoyaba y no movía ni una décima los casquillos. Menos mal que es acero; en un barco de fibra habría salido todo por los aires. Había que dejar de perder el tiempo e ir a lo seguro; los días corrían y teníamos la semana de Fallas para pintar el barco, así que me hice con dos polipastos, levanté el motor, saqué el eje y me dispuse a sacar primero el casquillo del arbotante, el más fácil. No había manera, todo el que pasaba por allí daba ideas... Al final, con una broca de corona de 48 milímetros (el arbotante tiene 50 de interior), conseguí hacer un encaje para el formón y, combinando broca y formón y tras dos horas, los dos casquillos estaban fuera. Salieron hechos serrín y el pedazo más grande no tendría más allá de un par de centímetros; en la vida vi algo así.
Otra sorpresa más, aparte del caracolillo: teníamos barro de la Dana por toda la obra viva; estaba como pegado. Tuvimos que pasar dos veces la karcher y emplearse a fondo con la rasqueta.

Poco a poco se iban dando las manos, como siempre hacemos: primero una mano de Intertuf de International como capa intermedia, sellado de lo que hay debajo y agarre de la patente, además de seguir protegiendo el casco de la oxidación. Se hace imprescindible chorrear la obra viva; hay tantas capas viejas que la superficie que se queda está llena de escalones, refugio perfecto para el caracolillo, aparte de la velocidad que nos restara, aunque esto último no me preocupa. ¿Pero dónde chorrear hoy en día aquí en España y a un precio razonable?
Pensando en que este año solo íbamos a dar patente y tendríamos tiempo más que sobrado, compré el kit de patente Velox para la hélice, a ver si me aguantaba más. Solo nos faltó eso, dejar la hélice y el eje totalmente limpios para imprimar en condiciones; fue otro trabajo más duro de lo esperado.
En estas condiciones pasamos los nueve días que estuvimos en seco, a excepción de un par de días en que comimos en el bar; el resto de días ahí se las apañaba Charo para cocinar y fregar. Ni que decir, como estaba la cubierta, a pesar de los cartones y trapos que cada día poníamos.


Unos días para olvidar, de esta hemos salido de milagro, demasiado años (Los nuestros) y demasiado barco, los amigos nos dicen: pero lo habéis hecho, si, pero a costa de mucho stress y mucho machaque de articulaciones y físico en general.
Uno puede pensar que con la botadura terminaba todo, pues no, aun quedaba comprobar que la alineación del motor era correcta y el prensa seco no hacía agua. Afortunadamente, así fue, pero las comeduras de coco son inevitables, al menos en mi caso.
Ahora queda cambiar los silentblocks; al levantar el motor, detecté que ya estaban un poco blanditos y el display de la sonda dejó de funcionar. Suma y sigue, ja, ja.